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El viaje a la inclusión

Eguzkiñe Etxabe

En las últimas décadas hemos realizado un viaje en la respuesta educativa y social a las personas con discapacidad que nos está llevando a consolidar el derecho a la educación y a un modelo inclusivo. En esta trayectoria hemos superado etapas pasando de la exclusión a la inclusión, y de modelos como la educación segregada o el de integración, a la escuela inclusiva. En cada una de estas conquistas ha sido determinante el esfuerzo de las asociaciones de familias. Este tejido asociativo en defensa de los derechos de las personas con discapacidad intelectual ha conseguido que la inclusión sea el marco de actuación. De considerarse un principio orientador, como recoge la Declaración de Salamanca de 1994, ha pasado a ser un derecho, tras la aprobación de  la Convención de la ONU en 2006. Por lo tanto, en estos momentos es cuestión de derechos, y con los derechos no se juega

Ahora bien, que sea una cuestión de derechos no  garantiza una implementación natural, exige el impulso de acciones y, fundamentalmente, creencias. Es necesario creer en ella y es necesario hacerla, reflexionar, hacer frente a los retos y mejorar. A priori, ¿quién va a negarse a la inclusión? Es en la práctica cuando surgen las dificultades, ¿cómo se hace? Llevarla a cabo implica, además de una apuesta por la calidad de la enseñanza,  un cambio de mentalidad.

La escuela inclusiva es una responsabilidad compartida. Exige contar con políticas orientadas a la inclusión, familias que comprendan la inclusión y profesionales sensibilizados y formados en metodologías que posibiliten que el conjunto del alumnado conviva y aprenda aquello que le pueda hacer competente para la vida. Asimismo, requiere una transformación cultural,  modelos de intervención alejados de la homogeneización y métodos que tengan en cuenta la forma de aprender del alumnado y sus necesidades individuales. Por ello, la escuela debe convertirse en generadora de oportunidades para que cada persona desarrolle sus potencialidades y, además, contribuir a la construcción de una sociedad inclusiva, educando para este fin a todo el alumnado.

Por otra parte, una educación inclusiva requiere equipos directivos comprometidos en proyectos inclusivos; profesionales que diseñen aulas inclusivas; familias inclusivas que aprecien por igual a todos los niños y niñas; y una administración que lidere, facilite y provea los recursos adecuados. Sin olvidar, el valor de la colaboración y el conocimiento compartido entre los diferentes agentes como  fórmula  para la mejora continua.

Al margen de cuestiones concretas, la educación también nos plantea  debates más profundos. ¿Podemos hablar de educación si no es inclusiva? ¿Podemos hablar de ética si no  valoramos por igual a todas las personas? Invertir en educación inclusiva es clave para la cohesión social, recordando a Nelson Mandela “La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”. Pero, ¿qué mundo queremos? ¿A qué modelo de sociedad aspiramos? Necesitamos  garantizar que todas las personas tengan cabida en la sociedad, redoblar esfuerzos para aprender a comprender, a respetar y a incluir a las diferentes ofreciéndoles oportunidades para que puedan participar en la comunidad.

Sin duda, hemos progresado, pero no nos conformamos. Sigue siendo necesaria la sensibilización, el diseño de nuevas herramientas y, sobre todo,  escuchar a las personas con discapacidad intelectual porque su aportación al sistema es incuestionable. La dirección ya está marcada, pero el viaje hacia la inclusión todavía no ha finalizado.

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