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Más allá del “río grande”

Karlos Zurutuza

KARLOS ZURUTUZA, Matia Insituto GeronkologikoaLlegaban empapados, muertos de frío y de miedo. Los hombres se sujetaban los pantalones con una mano, y las mujeres a sus hijos en brazos. El pasado octubre tuve la oportunidad de embarcar en el Dignity 1, uno de los tres buques de rescate que Médicos Sin Fronteras ha operado en el Mediterráneo en 2015. Las imágenes eran dantescas pero también se trataba de la primera vez en la que me encontraba con los desposeídos del mundo en un lugar que ya no les resultaba hostil. Estaban exhaustos pero, a la vez, aliviados. “!Gracias por salvarnos la vida!” decían muchos a la plantilla de MSF que los había sacado del agua.

Nunca olvidaré aquella cubierta abarrotada de nigerianos, gambianos, senegaleses, malienses, marfileños… “Esto es África”, me repetía a mi mismo. Escuché sus historias. Hablaban de hambre y persecución en sus lugares de origen, por supuesto de guerra, e incluso de vudú, como me contó aquel chaval de Togo. Algunos habían perdido a compañeros atravesando el desierto del Sahara, y demasiados denunciaban secuestros en los infames centros de detención en Trípoli. En Libia ya había conocido a más de uno que me habló de auténticos mercados de esclavos: o tu familia paga por tu liberación a la milicia local, o te venden a un capataz de obra. Literalmente. En el caso de las mujeres, basta con imaginar lo peor y acertaremos.

No podía dejar de escucharles. Un congoleño había calculado la distancia exacta entre su casa y París; para otros, “Europa” era un concepto sumamente vago. “¿Por qué es tan grande este río?”, me preguntó una vez una chadiana que no dejaba de mirar al mar. El estupor era generalizado cuando se enteraban de que aún nos llevaría dos días llegar hasta Italia.

El desembarco en Reggio Calabria fue una auténtica fiesta. Una nigeriana cantaba con un megáfono y dos docenas de ellas le hacían los coros. Los hombres bailaban, se abrazaban entre ellos pero también al personal de MSF. Y a mí. Ya en tierra decían que se trasladaría al grupo al norte de Italia donde permanecerían un mes en un albergue. Luego tendrían “papeles” con los que empezar a buscar trabajo.

Dejé atrás el puerto y entré en una cafetería. Nada más sentarme, entró en el local un gambiano. Se llamaba Amín, y había llegado hace cuatro meses tras ser rescatado de una patera por la Guardia Costera italiana. Decía que tenía que mendigar para sobrevivir.

En el vuelo de vuelta a casa desde Roma, la providencia quiso que compartiera fila con Ukoko Gideon, un nigeriano de 43 años. Se interesó por mi trabajo y le enseñé con gusto las fotos sacadas en el barco. Mientras lo hacía, daba por hecho que él habría pasado por un trance parecido. Estaba equivocado.

Nacido en el seno de una familia humilde, Ukoko se había licenciado en ingeniería del petróleo en su Lagos natal hace 15 años. Luego consiguió trabajo en una de las multinacionales de hidrocarburos que expolian el principal recurso de su país. Volaba a Barcelona en un viaje de diez días en el que iba a visitar cinco capitales europeas. Iba de vacaciones.

“He conocido a muchos buenos soldadores, mecánicos, profesores… Muchos de ellos arriesgaron su vida en busca de un sueño inalcanzable”, explicaba Ukoko, mientras identificaba a sus compatriotas en mis fotos del resto del pasaje por sus rasgos. “No discuto que muchos tienen motivos para irse, pero también están los que no los tienen”, sentenciaba el turista nigeriano.

Ya en casa, me acerqué a saludar a Walter, otro nigeriano. Fue mecánico de barcos en Lagos. Siempre me recuerda que llegó a tener 15 empleados a su cargo, pero lo dejó todo para llegar a Europa hace diez años. Tuvo que traficar con droga para sobrevivir, y lo pagó con cuatro años de cárcel en Italia. Hoy pide limosna en la Avenida de Donostia. Lo podéis encontrar a la entrada de la sede de La Caixa.

Karlos Zurutuza

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