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Contraprogramar la pobreza

Ana Erostarbe

Quizá sea condición necesaria para vivir sin miedo permanente. Me refiero a esto tan humano de vivir nuestras vidas más bien de espaldas a la muerte. Quizá sea también por ello que tendemos a pensar lo justo en la vejez, fría antesala de esa habitación a la que nadie quiere entrar. Pensamos poco en cómo será hacerse mayor, en cómo viviremos esos años lentos hasta el final.

Leo a menudo titulares que me hacen tomar conciencia de que, al menos estadísticamente, jugaré en desventaja en lo que a calidad de vida se refiere. Cierto que como mujer que soy viviré en torno a 5 años más que si fuera hombre, pero -no menos cierto- lo haré siendo sensiblemente más pobre.

Según datos de 2017, solo el 42% de mujeres cobra una pensión hoy día, y su cuantía es un 37% menor que la de los hombres. Si la brecha que nos separa salarialmente en los años profesionales ronda el 23%, la jubilación no hace sino acrecentar, por tanto, dicha injusticia. En el caso de las mujeres y de acuerdo con la doctora en Economía, Júlia Montserrat, dos tercios de esas pensiones no llegan, además, al salario mínimo interprofesional.

Cuesta imaginarse lo que debe ser enfrentarse al día a día para estas mujeres, otrora “trabajadoras”, que no llegan a los 700 euros al mes. Como duele imaginar lo debe ser la vida para esas otras que lo que perciben son pensiones no contributivas. Porque, estas pensiones sí, son mayoritariamente para mujeres. Mujeres que “no trabajaron” y que sobreviven con 370 al mes. Mujeres mayores por debajo del umbral de la pobreza.

Entre los motivos de esta pobreza programada, está, sin duda, la propia configuración de nuestro sistema de pensiones. Un sistema insolidario y con vocación de perpetuarse en la desigualdad. Un sistema machista que, en realidad, no deja de ser fiel reflejo de una sociedad que también lo es, y que, dicho sea de paso, convive con una oportuna oferta de planes de pensiones privados.

Un sistema ajeno al valor del trabajo en el hogar y al del cuidado de hijos e hijas y mayores; actividades enormemente valiosas, a las que muchas de estas mujeres dedicaron sus años “profesionales”. Un sistema ajeno a la brecha salarial; esa injusticia tolerada según la que quienes sí trabajaron, cobraron menos por igual labor y merecen, por tanto, menor pensión. Y un sistema que en 2019 introducirá la esperanza de vida como nuevo factor de cálculo, esta vez penalizando a las mujeres por vivir más tiempo. O por la posibilidad de vivir más tiempo, en realidad…

Leo por otro lado que los hombres negocian sus salarios hasta cuatro veces más. Que nosotras solo nos presentamos a un empleo cuando estamos 100% seguras de que encajamos, y que ellos lo hacen cuando creen hacerlo al 60%. Leo que tendemos a no defender nuestros propios logros y conquistas, que tendemos a pensar que será nuestro trabajo el que hable por nosotras y que, por ello, entrenamos poco el hábito de pedir asertivamente.

Y, al unir unos datos y otros, las consecuencias de tanto azar se hacen reveladoras en términos de pérdida de riqueza y beneficios asociados. Según un estudio en 26 escuelas de negocio de todo el mundo, estas consecuencias son, de hecho, formidablemente trascendentes para las mujeres. Tras medir la brecha salarial entre estudiantes de postgrado que acaban de entrar en el mercado laboral, situada en 4.600 dólares/año, Catalyst extrapoló las cifras hasta calcular la diferencia en 40 años de vida profesional. El resultado: 431.000 dólares menos para las mujeres, motivados por las diferencias en origen y el previsible no reclamo de subidas salariales que ellos, en cambio, sí realizarán.

De modo que, contra ese futuro casi programado, la conclusión para las mujeres parece tan clara como necesaria. No, no se trata de contratar planes de pensiones. Debemos contraprogramar: reivindicar los trabajos esenciales, aprender a darnos valor cuando procede, comprender la importancia de reclamar subidas de sueldo de forma proactiva, negociar cuando toca... De otro modo, el azar seguirá enredándonos, poderoso e invencible como en la canción, hasta escoger para nosotras el vestido de la vejez y la pobreza.

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