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Islandia, la isla de la lucha feminista

Èric Lluent

Sobre Islandia se han generado muchos mitos en la última década, la mayoría de ellos basados en medias verdades o simples mentiras. Algunos de los más difundidos en Internet son los que dicen que los islandeses no pagaron ni una sola corona para rescatar el sistema bancario durante la crisis económica, que los políticos isleños pisaron la cárcel o que el país nórdico se negó a pagar la deuda. A pesar de de la existencia de muchas informaciones exageradas o inventadas que pretenden mostrar a Islandia como un faro de referencia, existe una verdadera razón para mirar a Islandia como ejemplo: la lucha feminista.

Ya desde la huelga general feminista del 24 de octubre de 1975, Islandia se ha posicionado en la cabeza de los países en el que las mujeres luchan públicamente por la igualdad de derechos y oportunidades. A lo largo del siglo XX, nacieron en la isla formaciones políticas formadas por mujeres que consiguieron revolucionar la escena política de Reykjavík, primero, y de toda la nación, más tarde, consiguiendo representación en el Alþingi (parlamento islandés) en los ochenta y noventa con la llamada Lista de la Mujeres que en 1999 pasó a formar parte de la Alianza Socialdemócrata. 

Este 2018, ha entrado en vigor una revolucionaria legislación en materia de igualdad salarial que ha vuelto a poner el foco informativo internacional en esta isla de poco más de 340.000 habitantes. La reforma de la Ley 10/2008 de Igualdad de Estatus e Igualdad de Derechos entre Hombres y Mujeres se ha modificado significativamente. En ella se detalla que desde finales de este año las empresas de más de 25 trabajadores deberán pasar una auditoría para demostrar que pagan lo mismo a hombres y mujeres por el mismo tipo de trabajo.

El sistema es muy novedoso, puesto que no es un derecho abstracto sino que especifica concretamente qué estándar de calidad deben cumplir las empresas para conseguir este reconocimiento. Se trata del ÍS 85:2012, un estándar que se ha traducido recientemente al inglés y que con toda probabilidad inspirará reformas legislativas similares a las de Islandia en otros países que buscan innovar en este sentido. En Islandia, las empresas deberán obtener este especie de sello de calidad cada tres años y si no lo hacen se exponen a sanciones económicas.

La aprobación de esta reforma es importante y ha generado grandes titulares, pero esta ley no ofrece una solución total a la problemática de la brecha salarial de género. Primero, hay que hacer constar que esta ley no garantiza la igualdad salarial para las mujeres que trabajan en empresas de menos de 25 trabajadores. Pero, además, es importante diferenciar entre la brecha salarial ajustada y la brecha salarial sin ajustar. La primera puede reducirse sustancialmente con esta legislación, pero la segunda tiene origen en los roles desiguales entre hombres y mujeres en el mundo laboral y el hogar.

La brecha salarial sin ajustar es aquella que compara los ingresos totales entre hombres y mujeres y aquí las diferencias son sustanciales incluso en Islandia. Las mujeres ganan un 72,5% de lo que ingresan los hombres, como consecuencia del rol de las primeras en las labores no remuneradas de cuidados del hogar y la familia, mientras que los hombres realizan más horas de trabajo extra, en fines de semana o turnos nocturnos. A pesar de los matices, la nueva ley islandesa abre un camino de esperanza. La brecha salarial de género ajustada en Islandia se sitúa alrededor del 14%. Las cifras no engañan y en pocos años sabremos si la nueva norma da buenos resultados o no. De momento, hay motivos para el optimismo pero debemos subrayar que esto no es, ni mucho menos, un final de trayecto. 

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