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Madre no hay más que una

Luis Miguel Uruñuela

Estas semanas previas a la conmemoración del día de la madre, nos veremos invadidos por mensajes comerciales de todo tipo que nos incitan a hacer un homenaje “comercial” a nuestras madres. He aquí un ejemplo: "Sorpréndela el Día de la Madre con un iPad Air o un iPad mini con pantalla Retina".

Todo parece ir bien, con el aire cargado de buenos e intencionados mensaje. Pero en el momento en que estamos leyendo estas líneas puedo aseguraros por mi experiencia profesional, que más de una y más de dos madres están pasándolo realmente mal, llenas de temor, con un nudo en el estomago y en los peores casos con algún moratón en el cuerpo preguntándose cuando volverá a casa su hijo o su hija. No es que quiera alarmar inútilmente, ni amargar el agradecido y por qué no obligado recuerdo a las madres. Pero tampoco pretendo ocultar una realidad hiriente y sufriente que se da en nuestra sociedad. Me refiero a la violencia que por parte de algunos hijos e hijas se ejerce en el ámbito del hogar contra sus padres, y sobre todo contra la madre, un ámbito en el que debiera darse más comunicación y respeto, sobre todo mucho respeto. Violencia de todo tipo, verbal, psicológica, emocional e incluso física. Las estadísticas nos hablan de un aumento alarmante de dichas conductas entre los y las adolescentes. Pero algo parece fallar…

¿Cómo se llega a una situación de pérdida de poder y control en el sistema familiar por parte de quien debiera ostentarlo?, ¿Cómo una o un adolescente llega a amedrentar la voluntad de una madre – aunque sea a golpes- para conseguir satisfacer sus deseos? Porque en realidad se trata de conjugar esos tres conceptos, el poder, el control y la obtención de beneficios materiales o de otro tipo.

Los expertos y expertas solemos hablar de que no hay una sola causa, sino que son varios los factores que inciden, los estilos educativos de las familias, la baja autoestima de los menores, la escasa tolerancia a la frustración y la poca capacidad empática, y hasta como la conflictividad y ruptura conyugal.  Las investigaciones realizadas apuntan que la violencia filio-parental no es un fenómeno reducible a las familias llamadas “desestructuradas, marginales o multiproblemáticas”, sino que se da –como observamos diariamente en nuestro trabajo educativo- en todos los estratos sociales y económicos.

De todos los factores de riesgo, hoy destacaré uno, -por hacer referencia a aquello que “conmemoramos”, como ser una buena madre, ser unos buenos padres. Dicho factor estilo educativo, en concreto un estilo permisivo y sobreprotector  surgido frecuentemente como reacción a una educación autoritaria recibida por las madres y padres en su infancia. La permisividad se caracteriza por la ausencia o arbitrariedad de normas, (“hoy es importante, mañana no”), por la falta de supervisión y control de lo que hacen los hijos y las hijas y la falta de apoyo continuado.

Curiosamente, no se trata de una cuestión que se resuelve con recursos extraordinarios que desarrollen las instituciones públicas. Sin duda, estos son necesarios cuando la violencia ya está presente y es necesario reconfigurar modos de relación perniciosos para los miembros de una familia. Una muestra de su necesidad es el programa que la Diputación Foral de Bizkaia sostiene desde hace más de cinco años para abordar de manera pionera las situaciones de fracaso educativo familiar que se manifiesta con conductas violentas y que es referencia de actuación entre personas expertas y técnicas de todo el Estado.

Pero como decía si lo que pretendemos es reforzar la capacidad educativa de las familias no se trata hacer programas especializados. ¿Dónde está pues la cuestión? A mi juicio, se trata de recuperar la función socializadora y educadora de la familia que casi ha desaparecido tras la sobrevaloración de su función afectiva. Es necesario capacitar a los padres y madres como educadores para la responsabilidad moral, superando modelos superprotectores basados en el bienestar y el consumo, y adoptando relaciones familiares basadas en el respeto, la convivencia, la tolerancia y la equidad a través de la incorporación de valores instrumentales, hoy claramente infravalorados, como el esfuerzo y la disciplina. Se hace necesario fomentar un modelo equilibrado de relación educativa familiar basado en la existencia de una afectividad que incluye  normas para la convivencia,  razonamiento y  diálogo para la satisfacción de las necesidades individuales. Para ello las madres (y padres) deben manejar un binomio muy sencillo, pero difícil de llevar a cabo, compuesto de  firmeza (autoridad o respeto) y cercanía (confianza) en las relaciones educativas.

Pero no toda la responsabilidad recae en las madres, es necesario reforzar socialmente esos valores, de modo que sean considerados necesarios por todas las personas e instituciones implicadas en el humus, el ambiente moral donde respira y se relaciona una niña o un niño. Ya lo dice el filósofo Marina, "para educar a un niño hace falta la tribu entera".

Luis Miguel Uruñuela, Berriztu hezkuntza elkartea
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[Publicado en Deia el 18 de mayo de 2014]

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